La procesión de fantasmas

Serie: Cuentos tradicionales de Japón
Título: La procesión de fantasmas.
Episodio: 4

Autor: Richard Gordon Smith
Narración: Antrilewis
Edición y montaje: Antrilewis

Texto:
«Hace cuatrocientos o quinientos años había un viejo templo no lejos de Fushimi, cerca de Kioto. El templo se llamaba Shozenji y había estado desierto durante muchos años: los sacerdotes temían vivir allí debido a los fantasmas que se creía lo tenían encantado. Sin embargo, nadie los había visto. Si la historia había prendido en la mente de los vecinos, se debía sin duda al hecho de que, muchos años atrás, más de los que la mayoría podía recordar, todos sus sacerdotes habían sido asesinados por una gran banda de ladrones; en nombre del botín, por supuesto. Este acto horrible golpeó las mentes de todos, de tal manera que el templo fue abandonado y se dejó que se deteriorara y se convirtiera en ruinas.

Un buen año, un sacerdote peregrino y extranjero, pasó al lado del templo y, al no conocer su historia, entró en él para refugiarse de la intemperie en lugar de continuar su viaje a Fushimi. Como tenía arroz frío en su bolsa, pensó que lo mejor que podía hacer era pasar la noche allí. Aunque hacía frío, sin duda evitaría empaparse las ropas que llevaba puestas, que de hecho eran las únicas que poseía, con lo que se levantaría de maravilla a la mañana siguiente.

Después de haber convertido una pequeña estancia, la que necesitaba menos arreglos, en su cuartel general, y de una frugal cena, aquel buen hombre dijo sus oraciones y se tumbó en el suelo para dormir, mientras en el exterior la lluvia caía a torrentes sobre el tejado y el viento aullaba por entre el destartalado edificio. Aunque lo intentaba con denuedo, el sacerdote era incapaz de pegar ojo, ya que una gélida corriente de aire le había helado hasta el tuétano. Y así, en algún momento de la medianoche, el anciano creyó escuchar unos sonidos extraños y antinaturales que parecían proceder del edificio principal. Azuzado por la curiosidad, el hombre se levantó; y al entrar en el edificio principal, se encontró con una Hiyakki Yakō (que significa «procesión de cien fantasmas»); un término que, según creo, se aplica a las huestes sobrenaturales. Los fantasmas luchaban, danzaban y se divertían. Aunque en un primer momento el sacerdote se alarmó muchísimo, después de un rato comenzó a mostrar un vivo interés. Sin embargo, al cabo de un momento, los más horribles fantasmas hicieron su aparición. El sacerdote corrió entonces a esconderse a su pequeña habitación, y pasó el resto de la noche recitando plegarias por las almas de los muertos.

A la mañana siguiente, a pesar de la lluvia, el sacerdote partió. Les contó a los lugareños lo que había visto, y las noticias se propagaron tan rápidamente que en menos de tres días el templo era conocido por ser el más encantado de la comarca.

Fue entonces cuando el famoso pintor Tosa Mitsunobu oyó hablar del templo. Y como estaba ansioso por pintar un cuadro sobre Hiyakki Yakō, consideró que, si veía a los fantasmas del templo de Shozenji, obtendría el material necesario para ello. Así que con esta idea en la cabeza partió para Fushimi, donde se encontraba el templo de Shozenji.

Mitsunobu se fue derecho al templo al anochecer, y se quedó allí sentado toda la noche, con un ánimo no muy feliz. Sin embargo, no vio a ningún fantasma ni escuchó ningún ruido. A la mañana siguiente abrió todas las puertas y ventanas e inundó el templo entero de luz. Al hacerlo, descubrió que las paredes estaban cubiertas con figuras o dibujos de fantasmas de una increíble complejidad. Había más de doscientos, y todos diferentes.

¡Tenía que recordar todo esto! Eso era lo que Tosa Mitsunobu pensaba. Así que sacó un cuaderno y un pincel de su bolsillo y procedió a tomar nota detalladamente. Esto le llevó la mayor parte del día.

Cuando procedió a examinar las formas de los fantasmas y duendes que había estado dibujando, Mitsunobu descubrió que las fantásticas siluetas no eran más que grietas en las húmedas y desatendidas paredes; y que los hongos y el moho que las cubrían las dotaban de tono y color. Fueron estas figuras las que más tarde recopilaría en su famoso cuadro Hiyakki Yakō[29]. Se sintió muy agradecido al imaginativo sacerdote cuyas historias le habían llevado a aquel lugar. Sin él, jamás habría dibujado aquel cuadro. No importa cuán grande fuera su imaginación, nadie podría haber imaginado el horrible aspecto de tantos fantasmas y duendes.

El dibujo de mi ilustrador muestra unas pocas formas sacadas de una copia de primera mano de Mitsunobu.»

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